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jueves, 25 de enero de 2018

Notas para una historia de la pesca y los saladeros de pescado en Nerja





Playa de Calahonda (Nerja), hacia 1910. Biblioteca de Cataluña, Fondo Editorial Albert Martín, caja 58/9.095

Una de las actividades económicas de Nerja que gozó de gran importancia en el pasado, aunque es prácticamente testimonial en la actualidad, fue la pesca de bajura. Las pequeñas calas que conforman la costa más próxima a la localidad: el Chucho, Salón, Caleta, Calahonda, o las más extensas playas de Burriana o el Playazo constituían auténticos puertos pesqueros abiertos donde se desembarcaba pescado diariamente.

Aunque antes de 1633 la puebla de Nerja se encontraba algo retirada del mar, al otro lado del río Chíllar, debía existir en ella una notable actividad pesquera. Desde 1505 la venta del pescado gozaba de ciertas exenciones contenidas en la Carta de Privilegio que la reina Juana I otorgó el 23 de septiembre de dicho año a los vecinos que habían de repoblarla, así como a los de Torrox, después de que fuera abandonada por sus habitantes moriscos. Entre otras ventajas concedidas para atraerlos a lugares entonces muy peligrosos, se les eximía de pagar la alcabala (impuesto que gravaba las compraventas)

“del pescado que los vecinos de los dichos lugares pescaren o tomaren e vendieren en ellas y en sus términos quier sea para mantenimiento de los vecinos, de ellos o para fuera parte; que del pescado fresco o salado que se vendiere dentro en los dichos lugares por cualesquier personas para mantenimiento de los vecinos de ellos no paguen alcabala alguna.”[1]

Sin duda, ya entonces las salazones eran una actividad complementaria a la pesca, de enorme importancia si se quería conservar el pescado o transportarlo a lugares del interior. Y esto se deduce no solo de la inclusión del pescado salado en el privilegio de la reina Juana, sino también de la toponimia. En este sentido, considero que el nombre -por cierto, muy antiguo- de la cala del Salón se correspondería no con la primera acepción (sala grande, etc.) que da al término el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, sino con la segunda: “Carne o pescado salado para que se conserve”. La cala del Salón sería posiblemente aquella en la que se practicaba la salazón del pescado y el nombre Salón un sinónimo de saladero, por existir alguno de estos establecimientos en ella. La primera cita documental del topónimo se encuentra en un apeo de tierras de Nerja realizado por la ciudad de Vélez-Málaga en 1536 para deslindar las que eran de su propiedad, algunas de las cuales se encontraban por encima de dicha cala[2]. La historiadora Purificación Ruiz García apunta que el nombre Salón de esta playa pudiera derivar de la palabra hebrea shalom (paz), pues un judío, Maimón Leví, poseyó tierras en Nerja entre 1490 y 1492[3]. Esta versión se ha propagado, de manera que no hay lugar web que trate el asunto que no se haga eco de ella, dándose por sentado que esa y no otra es la etimología del nombre; incluso hay quiénes yendo más allá, especulan, no se sabe bien con qué fundamento, que esta playa podría haber sido uno de los puntos por los que partieron los judíos expulsados en 1492, y de ahí el nombre. Sin embargo, Maimón Leví no vivió en Nerja, sino en Vélez-Málaga, y aunque, gracias a una merced concedida por los Reyes Católicos, poseyó durante dos años algunas tierras en Nerja, también las poseía en Maro, Frigiliana, Torrox, Arenas, Corumbela, Archez y Rubite, y no está documentada la existencia de judíos en Nerja en aquella época. Por otro lado, en Nerja no embarcaron judíos; como ha documentado el medievalista Miguel Ángel Ladero Quesada, los judíos de Málaga y la Axarquía salieron por los puertos de Málaga y Almuñécar, y concretamente Maimón Levi y su casa lo hicieron por este segundo puerto, el 20 de junio de 1492, en una nave genovesa[4].

No cabe duda que el traslado de la población “a la lengua del agua”, en el entorno del castillo Bajo (Balcón de Europa) en 1633, debió favorecer el desarrollo de la pesca y demás actividades relacionadas con ella, como la salazón del pescado. A mediados del siglo XVIII, en 1752, en el Catastro de Ensenada de la puebla de Nerja se indica que el número de jornaleros de la mar era de ciento veinte hombres, lo que suponía una tercera parte del total de jornaleros de la localidad, y recoge la existencia de cuatro jábegas de pesca con una dotación de veinte hombres cada una de ellas y cinco barcos de transporte de mercancías con cinco hombres por embarcación; a estas cifras habría que añadir los calafates y algún carpintero de ribera. Nada se menciona de la salazón de pescado, aunque es posible que no se hiciera porque dicha actividad pudiera entenderse comprendida dentro de la actividad pesquera.


Playa de la Caleta (Nerja), hacia 1910. Biblioteca de Cataluña, Fondo Editorial Albert Martín, caja 58/9.096


Desde la década de 1750 y hasta la década de 1880 en que fue suprimida, Nerja fue sede de una Ayudantía de Marina perteneciente a la provincia marítima de Motril y al departamento de Cádiz, y contaba con una importante presencia de matriculados de mar, es decir, de la gente de mar, desde patrones de barco hasta calafates, pasando por todas las categorías de marengos, inscrita en una relación o matrícula que era movilizada en caso de guerra. En el siglo XVIII y primeras décadas del XIX los matriculados de mar de Nerja estaban agrupados en el denominado gremio de matriculados de San Telmo, su santo patrón, para cuyo altar en la iglesia de El Salvador costearon en la década de 1780 el retablo realizado por José Martín de Aldehuela (véase en este mismo blog la entrada El escudo heráldico de Nerja).


En 1766, el ingeniero José Antonio Espelius levantó un plano de parte de la población de Nerja en el que se muestran las playas aledañas al castillo Bajo: la Caleta del Castillo (hoy, playa de la Caleta o Caletilla) a poniente, y Calahonda a levante que estaba siendo ordenada por la Dirección de Rentas Generales de la Superintendencia General de la Real Hacienda para la mejor organización del puerto de Nerja. Aunque no figura aún ningún saladero, sí que se indica el lugar en que se encontraban los alfolíes de la sal, a los que se descendía por una rampa o escalera situada a levante, en la parte de la playa de Calahonda, justo al pie de la torre del homenaje del castillo para asegurar la vigilancia y custodia de dicho acceso[5]. No todas las localidades poseían alfolíes, estancos de la sal en los que esta se almacenaba procedente de las salinas para su venta a los comerciantes, ganaderos o a los propietarios de saladeros, y el hecho de que Nerja contara con ellos indica el uso abundante que se podría hacer de este producto. El alfolí de la sal de Nerja contaba con un fiel (interventor y medidor de la sal) y, como el resto de los alfolíes malagueños, se abastecía de las salinas de Cádiz y de Alicante.


Plano de parte de la población de Nerja, de la playa, castillo y bajada al puerto cerrada e inutilizada por una casa y huerto. José A. Espelius. S.l., 1766. A.G.S., Mapas, Planos y Dibujos, 58-83 (la flecha roja indica la situación de los alfolíes)   

Desde mediados del siglo XIX la salazón de pescado debió de ser una industria en auge. En 1847, el ayudante militar de Marina de Nerja, Joaquín López, remitió las respuestas a un interrogatorio dirigido a elaborar una “Exposición sobre la necesidad de restaurar y fomentar la industria de la pesca en España”; este documento que se conserva en el Museo Naval de Madrid ha sido transcrito y publicado por Manuel Burgos Madroñero[6]. En el informe se destacaba la decadencia de la pesca, debida a la sobreexplotación de los recursos y a las artes de pesca utilizadas, y se informaba de las embarcaciones, efectivos y especies que se pescaban. Había entonces de seis a nueve jábegas, uno o dos boliches y entre dos y siete barcos, siendo 172 las personas que integraban la matrícula de mar; las especies que se pescaban eran: sardinas, bogas, boquerones, salmonetes, lenguados, calamar, besugos, brecas, dentones, cabrillas y japutas, consumiéndose el 10% en Nerja, puntos de su partido y Torrox, y el 90% restante se exportaba a Granada y su vega y reino de Jaén. Los pescadores vendían todo el pescado en fresco, pero el que se exportaba al interior se hacía salado, lo que implica la existencia de empresarios dedicados a la compra del pescado y su salpresado en saladeros. El abastecimiento de sal para ello era fundamental, pues se necesitaba la mitad del peso del pescado de sal en invierno, tres cuartas partes en primavera y otoño, y la misma cantidad de sal que de pescado en verano.


        Saladero del Playazo de Nerja. Mapa Topográfico Nacional de España, hoja 1.054


¿Dónde se encontraban estos saladeros de Nerja? Los había, al menos, en dos lugares: en el Playazo y en la playa de Calahonda. En la hoja 1.054 del Mapa Topográfico Nacional de España, editada en 1911, figura un saladero situado hacia la mediación de la playa del Playazo de Nerja. Este saladero estaba funcionando en 1879 en un inmueble propiedad del industrial Lorenzo Terol, aunque arrendado por Miguel Romo González, quien lo había dedicado a la salazón de pescado[7]; en las primeras décadas del siglo XX debía explotarlo un descendiente suyo, Francisco Romo, un armador que poseía entonces la mayor parte de las embarcaciones que faenaban en Nerja y a quien Pablo Rojo Platero califica como el “amo de la mar”[8]. En la playa de Calahonda hubo dos saladeros, junto a los alfolíes de la sal; en 1922 uno de ellos era propiedad de Salvador Gutiérrez Escobar, domiciliado en Torrox, y el otro, un saladero y almacén de pescado, lo era de los hermanos Emilio y Manuel Rosa Paloma, vecinos de Nerja. Desconocemos la fecha hasta la que estuvieron activos estos saladeros. En la década de 1960 los almacenes y saladeros de Calahonda fueron demolidos y las familias que habitaban las casas de esta playa fueron desplazadas a un grupo de viviendas sociales al producirse la expropiación de las mismas, dentro del plan de ordenación del Balcón de Europa, Calahonda y el Salón[9].






[1] (A)rchivo (M)unicipal de (N)erja. Libro del Privilegio de Nerja y Torrox, fol. 10 vº.
[2] Archivo Municipal de Vélez-Málaga. Sig. IV-2, Traslado del apeo en tierras de Nerja realizado en 1536, fol. 2v.
[3] RUIZ GARCÍA, P., La taha de Frigiliana. Nerja, Torrox, Maro y Frigiliana después de la Conquista, Vélez-Málaga, 1994.
[4] LADERO QUESADA, M. A., “De nuevo sobre los judíos granadinos al tiempo de su expulsión”, En la España Medieval 30, 2007, págs. 281-315
[5] Plano de parte de la población de Nerja, de la playa, castillo y bajada al puerto cerrada e inutilizada por una casa y huerto. José A. Espelius. S.l., 1766. Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, Archivo General de Simancas, Mapas, Planos y Dibujos, 58-83.
[6] BURGOS MADROÑERO, M., “La pesca en Nerja en el siglo XIX”, Isla de Arriarán. Revista cultural y científica VII, 1996, págs. 17-31.
[7] A.M.N., Libro de Actas Municipales de 1879, sesión de 9 de agosto.
[8] ROJO PLATERO, P., 100 años de Nerja en fotos, Nerja, 2005, págs. 107-119.
[9] A.M.N. Libro de Actas Municipales de 1962, sesión del 15 de diciembre.

lunes, 30 de octubre de 2017

El cementerio de San Miguel de Nerja


El cementerio nos mostrará como si de un espejo se tratase, las costumbres, devociones e idiosincrasia de la ciudad de los vivos. Mirémonos en ese espejo y nos descubriremos a nosotros mismos[1].
Francisco. J. Rodríguez Marín


Cementerio de San Miguel (Nerja). Fachada principal (foto del autor)


Desde la Prehistoria, la muerte y sus rituales han estado presentes en las distintas culturas que ha creado la humanidad. El ritual desarrollado en torno a la muerte, uno de los denominados rituales de tránsito, es el último que tiene lugar en la vida de una persona, una vez que esta ha finalizado, y del que tradicionalmente se han apropiado las diferentes religiones.

En Nerja y Maro hay documentados enterramientos prehistóricos y medievales, concretamente de época andalusí en las necrópolis de ambas alquerías con 175 sepulturas halladas en la primera y más de 400 en la segunda. Tras la conquista castellana del territorio en 1487 y la posterior cristianización de sus pobladores, los enterramientos se realizarán en los cementerios parroquiales adosados exteriormente a las iglesias, así como en su interior, generalmente en bóvedas o criptas, llamadas también carneros, que eran subterráneos abovedados con paredes de nichos, a los que se accedía a través de una losa en el suelo y una estrecha escalera. Las cofradías representaban un papel importantísimo y actuaban como mutualidades de entierro que garantizaban a todos sus hermanos, con independencia de su situación económica, una sepultura y la realización del correspondiente ritual funerario y ofrecimiento posterior de misas.


El cementerio representado en un plano de conducción de aguas de Nerja. Tomás Brioso, Málaga, 19 de abril de 1916, A.H.P.M., C.H.S.E., Leg.46.459


Desde finales del siglo XVI y primeras décadas del XVII, los enterramientos en Nerja se realizaban en la cripta de la capilla del castillo Bajo (Balcón de Europa), pasando a la iglesia de El Salvador cuando se terminó de construir en 1697. Estos enterramientos se llevaban a cabo en el cementerio de la parroquia, situado aproximadamente en el solar que actualmente ocupan los salones parroquiales y la vivienda del párroco. Había sepulturas en tierra y además existía, y existe aún, una cripta embovedada y un corredor subterráneo, a modo de catacumba, en el que se encuentran diferentes nichos reservados para los miembros del clero y con toda probabilidad para los miembros de la cofradía de Ánimas, documentada en Nerja desde el siglo XVIII. Sin duda, este espacio funerario externo junto a la cabecera de la iglesia existía ya en el momento en que esta se amplió, siete décadas después de su bendición, y cuando finalizó en 1782, una parte importante del cementerio, no toda, quedó ocupada por el edificio, y la entrada a la cripta quedó situada en el interior de la iglesia, justamente en el crucero. Asimismo, la ermita de Nuestra Señora de las Angustias, bendecida en 1720, cuenta con una cripta bajo el camarín de la Virgen en el que aún se conserva algún enterramiento de los varios que hubo hasta mediados del siglo XIX.


Mausoleo de Ferrándiz (1921)  (foto del autor)


En 1787 el rey Carlos III, con el ánimo de llevar a la práctica las ideas de higiene y salud pública defendidas por los ilustrados, por Real Cédula de 3 de abril estableció la obligación de inhumar los cadáveres en cementerios situados extramuros de las poblaciones, pues se creía que de la carne putrefacta emanaban enfermedades e infecciones que podían propagarse, obligando a que las necrópolis estuviesen situadas en sitios ventilados y salubres, alejados de las poblaciones. El primer cementerio extramuros que se construyó en España fue el del Real Sitio de la Granja (Segovia), que sirvió de modelo para todos los posteriores. No obstante, la medida no se implantó de inmediato ni de manera generalizada, sino que se fue aplicando paulatinamente, sobre todo desde comienzos del siglo XIX.

El primer cementerio de estas características que tuvo Nerja se construyó en 1804, como consecuencia de la Real orden dada por Carlos IV en 3 de abril de dicho año y de la epidemia de fiebre amarilla que asolaba la región. Pedro Coronado Zambrana cedió un terreno en el exterior de la población (actualmente ocupado por el Cuartel de la Guardia Civil), cercano a la ermita de las Angustias que probablemente haría las veces de capilla del camposanto, de manera que las inhumaciones dejaron de hacerse en el cementerio parroquial. En los más de veinte años que separan la ampliación de la iglesia de El Salvador de la apertura del cementerio extramuros, al que llamaremos Viejo, se siguió sepultando a los difuntos en el subterráneo de la parroquia y en zonas de tierra que aún quedaban sin ocupar. Pero a mediados del siglo XIX el cementerio se había quedado pequeño y la expansión urbana del pueblo hacia la zona en que se encontraba hizo que las casas acabaran rodeándolo, por lo que, en 1851, el Ayuntamiento decidió su clausura y la construcción de uno nuevo.


Vista parcial del cuadro derecho del primer patio o patio histórico del cementerio (foto del autor)


El problema principal que tenía el municipio para llevar a cabo la empresa era de orden económico, pues los cementerios tenían que ser construidos con fondos municipales, por lo que se solicitó a la reina Isabel II, y esta autorizó en 30 de junio de 1852, la corta de pinos de los montes de propios de Nerja, siempre que se redujera a lo necesario para obtener los 7.500 reales presupuestados, según proyecto aprobado por el Gobierno Civil de Málaga. La corta se adjudicó en noviembre de 1852, aunque en junio de 1853 hubo que ampliarla, pues se había consumido el presupuesto y aún faltaba por levantar parte de la tapia y construir la capilla, los depósitos de cadáveres y de ataúdes y la vivienda del sepulturero. El coste total de las obras ascendió a 13.280 reales, para cuya recaudación hubo que cortar 5.279 pinos carrascos de la sierra. Finalmente, el mismo año 1853 la necrópolis estuvo finalizada y el gobernador civil de la provincia aprobó el reglamento para su régimen y gobierno con fecha 20 de enero de 1854[2].


Mausoleo de la familia de Adolfo Rodríguez Luque (1924) y osarios del lado oeste del primer patio del cementerio (foto del autor)


Este cementerio, llamado de San Miguel, se construyó en un lugar retirado de la población a más de cuatrocientos pasos de sus últimas viviendas, soleado y ventilado, tal como requería la normativa, junto al antiguo camino de Almuñécar (posteriormente, carretera Nacional 340). Se encargaron de las obras el maestro de obras de la villa, Pedro de Algarra, el maestro de albañilería Antonio Romo y el de carpintería Francisco Roca. El diseño seguía el modelo del cementerio de San Miguel de Málaga y de los cementerios neoclásicos en general; su planta era rectangular, casi cuadrada, midiendo 40 m el lado mayor y 35,5 m el menor; en el centro del lado norte se situaba la capilla, conectada con la puerta de entrada, situada en el lado sur, por un pasillo o eje axial de 1,50 m de ancho que divide el espacio en dos mitades o cuadros. El cementerio, que está rodeado por unos muros exteriores de 3,50 m de altura y 55 cm de espesor, disponía cuando se bendijo de setenta y cinco nichos, y veintisiete zanjas y dos bóvedas de mampostería a ambos lados que ocupaban un área de unos 1.000 m2. En la fachada principal, orientada al sur, se abre la puerta de entrada con arco de medio punto, flanqueada por doble juego de pilastras, uno de orden inferior y otro de orden mayor, aunque sin llegar a ser gigante, y rematada por un frontón mixtilíneo en el que se inserta una placa con el siguiente texto: “Mandó construir este cementerio el Ayuntamiento Constitucional de Nerja siendo su presidente D. José García y Peralta. Año 1853”. La capilla del camposanto, dedicada a las Ánimas y presidida por la Virgen del Carmen, reproduce en su fachada el esquema de la puerta de entrada principal, rematada por frontón triangular y espadaña; la cubierta era de armadura de madera y su altar estaba presidido por un retablo de pino de Flandes que no se conserva.


Cementerio de San Miguel (Nerja). Capilla de las Ánimas (foto del autor)

En 1867, el Ayuntamiento acordó demoler el cementerio antiguo, trasladar los restos al de San Miguel, y en su solar construir una plaza en cuyo centro se erigiría un monumento conmemorativo rodeado de una valla; la demolición y ordenación de la plaza se completó entre 1875 y 1877.

Tres décadas después de la construcción del cementerio de San Miguel, este se había quedado pequeño, y en octubre de 1884 se acordó destinar 2.250 pesetas obtenidas del Fondo de calamidades públicas para su ampliación, que se hizo absolutamente necesaria tras el azote de la epidemia de cólera desatada en el verano de 1885. La ampliación consistió en un segundo patio de idénticas dimensiones y características que las del primero y algunas dependencias complementarias y “la plantación interior y exterior de árboles propios de estos sagrados lugares”[3]; en 1929 se habilitó por su parte posterior un pequeño patio para cementerio civil. Desde entonces, el cementerio ha experimentado pequeñas ampliaciones por sus laterales para la colocación de nichos y osarios.


Panteón de la familia de Ruiz (ca.1957) (foto del autor)

Durante varias décadas el cementerio careció de sepulturas de prestigio, como panteones o mausoleos, pero la ascendente burguesía agraria e industrial de Nerja quiso disponer de ellas, mostrando así su posición social y económica en la ciudad de los muertos, de la misma manera que lo hacía en la de los vivos. La primera tumba que podríamos considerar suntuosa está fechada en 1880, aunque la mayoría de las que hoy se mantienen se realizaron en dos periodos: las décadas de 1910 y 1920 (en 1914 los trabajadores usaban incluso la capilla para picar la piedra con destino a los mausoleos) y durante la posguerra y década de 1950. Denominaremos aquí panteones a las sepulturas familiares que imitan templetes de tipo griego o romano, en cuyo interior cuentan con un pequeño altar. Los mausoleos serían sepulturas monumentales familiares, cuadradas o rectangulares, generalmente ornamentadas, aunque situadas a nivel del suelo; los hay de dos tipos, según se realicen las inhumaciones en los laterales de la misma mesa o en una cripta bajo ella. Por último, estarían las tumbas individuales situadas en el suelo, más sencillas, aunque igualmente suntuosas. Todas estas sepulturas se sitúan en los dos cuadros situados a ambos lados del pasillo central del primer patio o patio histórico y, aunque gran parte de las mismas se realizaron en el siglo XX, dan al cementerio nerjeño un inconfundible aire decimonónico. En la actualidad, este conjunto está formado por cuatro panteones, veintiún mausoleos y tres tumbas; de ellos, un panteón, diez mausoleos y dos tumbas están en el cuadro derecho según se entra, mientras que el resto se sitúa en el cuadro izquierdo. Sin embargo, la lectura de los mismos no debe realizarse desde la entrada hacia el interior, sino desde la capilla hacia la puerta del cementerio, pues todo el patio reproduce simbólicamente el interior de un templo en el que la capilla de las Ánimas representaría el altar mayor, en cuyas proximidades solían enterrarse las personas de mayor prestigio que ocupaban primeramente dichas zonas, y fue por allí por donde se comenzó la instalación de mausoleos.


Panteón de la familia de José y Antonio Luque Martínez (foto del autor)

La primera sepultura suntuosa que se instaló en el cementerio es la de Patricia Muñoz López; fue su hermano Celestino, antiguo administrador de aduanas de Nerja, quien solicitó al Ayuntamiento el 15 de mayo de 1880 “un cuadrado de terreno de un metro setenta centímetros por lado, o sea una superficie de dos metros ochenta y nueve centímetros, que encerrará en una verja de hierro en cuyo centro elevará un mausoleo de mármol para colocar en su fondo cuando corresponda legalmente las cenizas de su hermana Patricia Muñoz López, que falleció en esta villa el 28 del pasado marzo.”[4]


Tumba de Patricia Muñoz López (1880) (foto del autor)


La tumba, situada en el cuadro derecho según se entra, es interesante, porque incorpora en la parte frontal un relieve representando un reloj de arena alado, alegoría del tempus fugit (el tiempo huye, el tiempo vuela), utilizada con profusión en la emblemática del Renacimiento y el Barroco, con la que enlaza esta sepultura decimonónica nerjeña.


Alegoría del tempus fugit en la tumba de Patricia Muñoz López (foto del autor)


Frente a ella, en el cuadro izquierdo, aunque algo más cercana a la capilla, se encuentra el mausoleo de la familia Maezo (o Maeso). El 6 de agosto de 1904 se autorizó a Rosario Maezo Navas 11 m2 de terreno “en el primer patio del cementerio municipal al objeto de inhumar los restos de sus padres y hermano”[5]. José Maezo García era natural de Frigiliana, maestro albaitar (veterinario) y herrador de oficio, se instaló en Nerja donde compró molinos harineros, llegando a ser un importante industrial; fue secuestrado y asesinado en 1875; sus descendientes convirtieron uno de sus molinos en La Maquinilla o fábrica de miel de caña de RIFOL. El mausoleo tiene en el centro un pilar que sostiene la escultura de un Niño Jesús abrazado a una cruz, preludio de su pasión, a la vez que sostiene en sus manos una corona de rosas que guarda relación con la corona de espinas y recuerda también la corona de rosas que se ofrecía a los emperadores romanos cuando eran coronados, clara alusión a su “reino” venidero. La escultura es copia de una existente en el cementerio malagueño de San Miguel, realizada por José Frapolli Pelli. Este afamado escultor, de origen suizo, realizó mausoleos en el citado cementerio y en el cementerio inglés de Málaga y es autor del Tabernáculo del altar mayor de la catedral de Málaga. Probablemente fue realizada en los talleres de mármoles de la Viuda de Baeza en Málaga, como las lápidas que figuran en el mausoleo, marmolería que cuenta con más ejemplos en otras sepulturas de este cementerio.


Mausoleo de la familia de Maezo (1904). Al fondo, coronado por frontón triangular, el panteón de la familia de Vicente Luque Martínez (foto del autor)


Niño de Pasión del mausoleo de Maezo, copia del realizado por J. Frapolli Pelli (foto del autor)


No vamos a realizar un catálogo de todos y cada uno de estos enterramientos suntuarios del camposanto, pues sería prolijo y haría excesivamente larga esta entrada, aunque llamaremos la atención sobre los panteones, especialmente los de las familias de Vicente Luque Martínez y José y Antonio Luque Martínez, imitando austeros templetes clásicos; o la tumba de Rafael Chaves y Manso, marqués de Tous y otros títulos, yerno de Joaquín Pérez del Pulgar y propietario de la colonia agrícola Las Mercedes y Maro, en cuya casa de la fábrica San Joaquín falleció el 29 de junio de 1903; o el mausoleo donde reposa Alejandro Bueno García, historiador y alcalde de Nerja fallecido el 10 de octubre de 1927; o el de Ferrándiz, con un tondo magnífico de la Soledad y el escudo de la Marina Española; o el de la familia Narváez, sencillo pero con la particularidad de estar íntegramente realizado en piedra almendrilla procedente de los tablazos nerjeños; o el nicho donde reposan, Francisco Giner de los Ríos, poeta, sobrino nieto del fundador de la Institución Libre de Enseñanza, y su esposa María Luisa Díez-Canedo.


Mausoleo de la familia de Alejandro Bueno García (foto del autor)


No cabe duda de que el cementerio de San Miguel de Nerja es un camposanto importante desde el punto de vista histórico, pues contiene un registro documental de familias, individuos y cronología de sus vidas de gran valor en ausencia de otros registros perdidos. Pero también lo es desde el punto de vista patrimonial por la variedad de tipologías sepulcrales, por la cantidad y calidad de elementos arquitectónicos y escultóricos de carácter funerario que posee y sobre todo por el buen estado de conservación de los mismos. Afortunadamente, estos elementos se han mantenido y, de momento, no han sucumbido a la llegada de ciertas modas en el ámbito funerario, por lo que podemos considerar este camposanto como uno de los cementerios patrimoniales a tener en cuenta en la provincia de Málaga; y como tal debe ser valorado y gozar de la protección debida a este tipo de bienes.


Tondo de la Virgen de la Soledad del mausoleo de Ferrándiz (1921)  (foto del autor)


[1] RODRÍGUEZ MARÍN, F. J., La ciudad silenciada. Los cementerios de Málaga, Málaga, 2011.
[2] (A)rchivo (M)unicipal de (N)erja, Expediente para la corta de pinos para la construcción del cementerio, Montes 1, S. XIX.
[3] A.M.N. Libro de Sesiones Municipales de 1884, sesión de 21 de octubre.
[4] A.M.N. Libro de Sesiones Municipales de 1880, sesión de 15 de mayo.
[5] A.M.N. Libro de Sesiones Municipales de 1904, sesión de 6 de agosto.